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Lucía Landaluce

 

26/02/2015     06/05/2015

Pretendo escribir un texto sobre mi obra, pero a veces las palabras confunden. Ya me estoy arrepintiendo de intentarlo, de querer comunicarme de forma escrita, de querer hacer visible lo que es invisible, de condicionar con mis palabras la evidencia. Así que tan solo dejaré correr las frases rápidas y sin demasiados entreactos. No se trata de parecer que escribo, sino de dar alguna pauta para entenderme a mí sobre ella. La pintura como valor en sí misma, como condición, como mi oficio.

Ella que parece tener vida propia. El azar, la forma impredecible que corre y se desliza, el viento que le canta y se derrama, o se evapora… El accidente feliz, la sorpresa, la tela que se vuelve y te invita o te castiga, y no coopera, o cuando se posa… Y, como si todo fuera aceptado, ¡la respuesta correcta! Pero nunca demasiado. La puerta entreabierta. La soltura del trazo en el impulso creativo, que no expresa, solo muestra, saluda, buscando los límites, remotos, nuevos. Siempre en tránsito de formas que se inventan a sí mismas en ansiedad permanente.

Un hilo común, en escenarios lejanos en el espacio, en el tiempo, y a veces, tan solo a veces, el roce del duende aparece. Levemente, y durante instantes, notas que el nervio se acelera, y respiras demasiado, y quisieras que fuera eterno, y manchar y manchar telas… 

Y a veces te confunde. Y después del tiempo, cuando todo está tranquilo y los ojos limpios, ves la confusión del momento, el ansia de vivir, pintar… Vivir sin que ningún cuadro sea igual a otro, ni una hora, ni un día, ni una vida… 

Trabajar para poder sentir, luchar contra la pereza, el desengaño, la dejadez de los demás. Exigencia para uno mismo. No dejar que los fuegos de artificio, la vistosidad y la pintura de efecto se apoderen. 

Buscando la mirada limpia, curiosa. Investigar el espacio, la dualidad, la transparencia, el vacío, el metal, el aire, la soledad… Ligado y premeditado, actuando al no actuar. El instinto inteligente y la casualidad de la intención. Los límites que lo ocupan y lo ordenan, los límites…

Aceptando a los maestros como partes de uno mismo. De un vocabulario que aprendió ayudado, y que a su vez bebió de otros. Reconociendo las fuentes, el pasado, los préstamos, para llegar a lo propio. Buscando siempre nuevos rumbos, ignorando hacia dónde se va. Tan solo comunicando, como si de una presa se tratara. La sorpresa, la inquietud, la novedad, el caos, lo hasta antes ajeno, lo invisible, la pintura, lo que me hace vibrar. 

 

Lucía Landaluce

Del catálogo de la exposición «Argenta» Mayo 2004, Fundación Maturén, Tarazona

Artista:
Lucía Landaluce

Colabora:
Cultural Rioja

Fotografía:
Rafael Lafuente

Exposición de Lucía Landaluce